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Las certezas matizan la incertidumbre con el brillo más puro de sus precisos colores. Mientras tanto (y como consecuencia de eso) las flores negras son como un animal enjaulado que sabe que será liberado pero ignora cuándo, dónde y cómo será el mundo libre. Y en esa incertidumbre está el mayor encanto de la existencia.
La esperanza es un cráter gigantesco, desolado, triste, pero que invita a construir en él el mejor de los mundos posibles. La tierra prometida lista para florecer bajo el llanto de los dioses más antiguos. Ellos lloran porque al fin, después de siglos y siglos de búsqueda y falsa sabiduría, han alcanzado el secreto de la existencia: el único gran éxito es el fracaso final.
¿Y mientras tanto qué? Correr sin rumbo y sin ropa por los hermosos jardines del conocimiento, pisoteando las flores de la sabiduría. Sin rumbo hasta llegar al mar, detenerse en la orilla y observarlo sin ningún tipo de prisa. Contemplar es aprender.
La incertidumbre matiza las certezas con un suave manto de piedad. Mientras tanto (y como consecuencia de eso) las flores negras, que ahora sólo pueden ver en blanco y negro, aguardan que les llegue el turno de ser las protagonistas coloridas de un mundo gris (como la sangre). Y en ese esperar estará el mayor desencanto de la existencia.
La belleza es un agujero negro, la llave a la dimensión desconocida, la cuarta dimensión o la quinta (da igual, las flores no saben contar), la esperanza de lo no prometido. El lugar donde se acaba la jurisdicción de Dios, el reino de lo imaginado, es decir: el mundo real. La cuna de los sueños clandestinos. Un presente eterno, sin futuro ni pasado.
¿Y mientras tanto qué? Esperar el florecimiento sin par de las flores negras a la orilla de ese mar y ese cielo a los que jamás nos atrevimos a aventurarnos por simple temor a esa incertidumbre que, ya lo sabemos, acompaña siempre a las mejores certezas.
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